La salvaje dieta del rey español de 240 kilos al que expulsaron del trono por su extrema obesidad
Sancho I,
apodado «el Craso», logró perder la mitad de su peso corporal gracias a
una cura de adelgazamiento de un médico judío. Gracias a ella pudo
recuperar el trono que le habían arrebatado
Una «operación bikini» hecha a la carrera para volver a reinar. Aprovechando la llegada del verano y de las dietas milagro, quizá esta sea una de las mejores formas de describir el proceso al que se sometió el rey de León, Sancho I, en el siglo X. Y es que, después de haber sido derrocado por su tío tras perder el respeto de sus súbditos por pesar la friolera de 240 kilos, el monarca (apodado «el Craso» o «el Gordo») solicitó al califa de Córdoba Abderramán III que le ayudara a perder peso y recuperar su trono.
Este le sometió a una cura de adelgazamiento que fue una auténtica tortura. ¿La razón? Que, según cuentan las crónicas, uno de los médicos más famosos del líder musulmán le cosió la boca, le encerró, le impidió probar bocado durante 40 días y tan solo le dio de beber unas raras infusiones para que no se deshidratara. Con todo, al final logró eliminar la mitad de su peso corporal y volver a sentarse en la poltrona.
La situación de España
Cuando Sancho andaba a gatas y todavía no se había introducido entre
pecho y espalda decenas de venados asados y litros de vino, nuestra
primitiva España se encontraba metida hasta el corvejón en el proceso de
Reconquista contra los musulmanes. De hecho, el pequeño y famoso reducto de Don Pelayo -el héroe que derrotó a los moros en una batalla tan conocida como exagerada (la de Covadonga)- había dado paso a una serie de reinos cristianos
ansiosos de hacerse con el mayor territorio peninsular posible para
aumentar sus dominios. «La Península estaba formada por el reino Astur-Leonés, el condado de Castilla, el reino de Navarra, el reino de Aragón, Cataluña y Califato de Córdoba», explica, en declaraciones a ABC, la historiadora Sandra Navarro.
Nuestro
protagonista era, precisamente, hijo de uno de los mandamases de
entonces: Ramiro II. Un monarca que fue más conocido por ser sumamente
cruel con sus enemigos (no en vano le llamaban «El diablo») que por la
importante expansión que hizo del territorio leonés. Además, Sancho (el
futuro «el Gordo») contaba con un hermano mayor, Ordoño. «Sancho I era hijo de Ramiro II,
un rey que consiguió que en León no se produjese la disgregación entre
las regiones de Asturias, Galicia y León; que impulsó la repoblación y
organización en el valle del Duero; y que frenó los intentos expansionistas de Abderramán III», explica Navarro.
Ramiro II- ABCEn
palabras de la experta, la época que vivió el futuro Sancho I durante
su infancia fue de mucho más esplendor que la que tendría que pasar
posteriormente. «A partir del reinado de Ramiro II, sin duda una época
de esplendor en el reino astur-leonés, este reinó entró en crisis. Una
crisis que fue provocada por los conflictos civiles entre los condes de
León. Desde ese momento se dejaron de realizar campañas militares contra los musulmanes y los gobernantes perdieron poder en favor de nobles cordobeses en ascenso, además de navarros y castellanos», completa la experta.
Por
su parte, y mientras en León se detenía la Reconquista por momentos
debido a los tortazos internos, el reino musulmán vivía una de sus
mejores épocas. Una era de gloria sobre los cristianos. «Durante este
período se formó el Califato de Córdoba en el año 929 y comenzó la época de esplendor musulmana. Los ejércitos de Abderramán III fueron superiores e,
incluso, lograron llegar hasta Nájera, aunque al final una coalición de
reyes cristianos logró asestarles una derrota importante en la expedición militar de Simancas», determina la historiadora.
Lo
cierto es que aquella batalla (acaecida el 1 de agosto del año 939) fue
de calado, pues los cristianos lograron acabar con un contingente que,
según varios historiadores, ascendía a los 100.000 enemigos.
Con todo, eso no le hizo perder su potencia a los moros. «A pesar de
que fueron derrotados, siguieron teniendo la superioridad militar»,
añade la experta.
«El Gordo»
Sancho nació en el año 935 de la semilla de Ramiro II y el vientre de su segunda esposa, Urraca Sánchez.
Como noble que era, desde que no levantaba un palmo del suelo se movía
entre grandes comilonas y una vida envidiable para cualquier plebeyo.
Algo que no tardó en pasarle factura pues, según las crónicas, en su
adultez acabó pesando unos 240 kilos. «Su obesidad era monstruosa, mórbida si
utilizamos el término médico actual. No en balde los cristianos y los
moros le conocían por el sobrenombre de “el Craso” (“el Gordo”). Este
hecho es bastante llamativo, ya que en la España cristiana de la época
la alimentación era sobria por razones de escasez. ¡Era
una barbaridad!», explica Pedro Gargantilla Madera (médico, escritor y
divulgador científico) en su obra «Enfermedades que cambiaron la historia».
Pero...
¿A qué se debía su obesidad? Pues, simple y llanamente, a todo lo que
comía a lo largo de la jornada. Y es que, según las crónicas, ingería
alimentos siete veces al día. La mayoría de veces de 17
platos y, una buena parte de ellos, elaborados con carne de caza. Una
dieta de miles y miles de calorías que superaba abiertamente la cantidad
necesaria de un hombre adulto para mantenerse sano (entre 2.000 y 2.500 para no engordar).
«La obesidad le había transformado en un auténtico inválido», añade el
experto. Tal era el ingente número de kilos que soportaba su esqueleto,
que no podía subirse a su jamelgo para cabalgar ni, por descontado, empuñar su espada en el campo de batalla.
Ascensión y pérdida del trono
Ya con sus 240 kilos de peso, Sancho vio como Ordoño ascendía al trono en el año 951 después
de la muerte de su padre. Algo que debió tocar soberanamente las
narices al «Craso», ansioso de coronarse. Al parecer, trató incluso de
arrebatarle el cetro de poder a su hermano, aunque sin éxito. Algo en
cierto modo lógico, pues no podía plantar cara en batalla y apenas podía
levantarse de la cama. Con todo, la suerte le terminó sonriendo a
nuestro protagonista, pues Ordoño dejó este mundo en el otoño de 956 tras
cinco años manda que te manda. Una muerte que, como bien señala
Navarro, fue tan oportuna como extraña para los ciudadanos de la época.
A partir de ese año comenzó su reinado. Un gobierno marcado por el descrédito que su obesidad provocaba entre la población y por sus tejemanejes políticos.
«Era una cuestión de falta de respeto. El rey había intentado atacar a
su hermano en Sahagún en el 955 y había fallado y, además, no era capaz
de subirse al caballo para comandar a sus tropas debido a su obesidad»,
determina la historiadora a ABC. Además, al «Craso» se le ocurrió la
absurda idea de cortar relaciones con su tío, el conde castellano Fernán González, algo que hizo que este empezase a destrozar su ya de por si escasa reputación.
«La
verdad es que la jugada no pudo ser más desafortunada. Al conde le
faltó tiempo para mover las fichas en contra del soberano: se dedicó a malmeter en contra de Sancho,
desprestigiando su autoridad, puesto que ni siquiera era capaz de
valerse por sí mismo para levantarse de la cama y para andar», explica,
en este caso, Gargantilla. Tampoco tuvo pelos en la lengua González a la
hora de señalar que, con tal obesidad, no podría engendrar un hijo y su linaje se perdería entre comilona y comilona.
Al final, chisme por aquí, comentario por allá, se fue forjando cierto
odio hacia «el Gordo» en todo el reino. Un rechazo que se materializó en
el año 958 cuando, armas mediante, Fernán le puso naso
y le arrebató a su sobrino por las bravas el trono sin que este pudiese
siquiera combatir para tratar de impedirlo.
Así lo explica el divulgador histórico del S.XIX Ángel González Palencia en su obra «Historia de la España musulmana»:
«Sancho, que trataba de abatir a los nobles y restablecer la autoridad
absoluta de los reyes, sus antepasados, fue destronado el 958 por una
conjuración que alentaba Fernán González, y con pretexto de su excesiva
gordura. Fue elegido rey Ordoño IV “el Malo”». Navarro
señala también a este diario la conjura que se forjó entre González y el
nuevo rey, además de que el noble castellano fue una pieza clave para
el monarca se coronase: «Le fue arrebatado el poder a través a través de
una rebelión militar y la coronación de su primo Ordoño Adefonsiz el 2 de marzo de 958. Este sitió León y entró en la ciudad el 3 de agosto del mismo año».
A la carrera
Derrotado
y humillado, «el Craso» logró escapar como buenamente pudo de aquella
trampa mortal (desconocemos cómo y, sabiendo que apenas podía andar,
sería sumamente curioso averiguarlo). Poco podía hacer entonces, salvo
acudir al único lugar en el que sabía que le recibirían de buen agrado: Navarra.
Y es que, allí se encontraba su abuela, la reina Toda, una mujer que destacaba por tenerlos bien puestos a pesar de sumar casi 80 primaveras a sus espaldas.
Tal y como esperaba, la reina le recibió de buen agrado. No solo eso
sino que, haciendo honor a su reputación, decidió que su nieto no podía
quedarse de brazos cruzados mientras le arrebataban la silla de poder y
que debía combatir al nuevo monarca hasta expulsarle de una patada de la sala del trono. Pero lo primero era lo primero, tenía que perder esos «kilitos» de más que tenía para infundir respeto en sus enemigos y súbditos y poder combatir.
Abderramán III- ABCPero...
¿Cómo diablos podía perder aquella ingente cantidad de peso en un
tiempo tan breve? Piensa que te piensa, Toda llegó a la conclusión de
que solo podía pedir ayuda a los únicos que estarían dispuestos a
destronar a un rey cristiano. «Su abuela, la reina Toda de Navarra, se
ocupó de refugiar a su nieto y envió mensajeros a Córdoba pidiendo la ayuda a Abderramán III a
cambio de un pacto entre Córdoba y Navarra», señala Navarro a este
diario. Al musulmán no debió parecerle mala idea la alianza, pues envió a
uno de sus médicos a la región cristiana para que hiciese un
diagnóstico del mal que atacaba al «Craso». El elegido fue el judío Hasday Ben Shaprut,
nacido en Andalucía y uno de los más afamados sanadores de la época. El
precio de tratamiento no fue barato, como bien señala González, pues
consistió en la cesión de diez fortalezas al Califa cuando lograse volver al trono.
«Shaprut era un destacado médico y diplomático judío en la corte de Abd al Rahman III y Al Hakam II. Dominaba el árabe, latín hebreo y romance y tradujo al árabe la obra botánica de Dioscórides. Actuó de consejero del califa y
participó en las relaciones con las embajadas de otros gobiernos,
demostrando en todas las ocasiones gran habilidad y sutileza», explica
el escritor Luis Molinos en su obra «La perla de
Al-Andalus». Gargantilla, por su parte, señala que este médico había
empezado a ser conocido en la corte gracias a que había ideado un
remedio que podía curar todo tipo de males llamado Al-Faruk.
Fuera por lo que fuese lo cierto es que, cuando llegó a Navarra, el
galeno consideró que era urgente llevarse a Sancho a Córdoba para
tratarle como Alá mandaba. Así fue como partió una gran comitiva hacia
territorio musulmán. Región en la que, como explica el escritor, «el
Craso» no pudo entrar montado por su gran peso.
La «cura de adelgazamiento»
Una
vez en Córdoba, Hasday sometió a un auténtico calvario al leonés para
obligarle a perder peso. A nivel dietético, no se le ocurrió otra cosa
que coserle la boca para evitar que comiera nada
sólido. Así fue como se acabaron los venados en la vida de Sancho. En
palabras de divulgadores históricos como Francisco Hervás Maldonado, tan solo le dejaron una pequeña abertura en los labios por la que meter una pajita por la que beber agua y una serie de infusiones recomendadas por el judío. Además, Gargantilla es partidario de que le metieron en una habitación en donde, incluso, se le ataron manos y pies a la cama para evitar que pudiera comer nada.
«Con el paso de los días, su cuerpo adquirió la flacidez propia de los adelgazamientos»
Por
si eso fuera poco, también le obligaron a hacer ejercicio. Tampoco es
que pudiera correr una maratón, pero solo salía de aquella habitación en
la que estaba encerrado para dar largos paseos a lo largo de los jardines musulmanes.
En ellos, Sancho era ayudado de una curiosa forma por los sirvientes. Y
es que, estos tiraban de él con cuerdas para obligarle a dar pequeños
pasos. Finalmente, cuando terminaban estas sesiones de «running», «el
Craso» tenía que estar horas y horas en un baño de vapor que
le ayudaba a eliminar la gran cantidad de agua que había acumulado
durante años en el cuerpo. El método era inhumano, según los cronistas
de la época.
A pesar de lo doloroso que resultó el proceso, a los
40 días –siempre según las crónicas-había surtido un efecto increíble.
«Con el paso de los días su cuerpo adquiriría la flacidez propia de los adelgazamientos. Los colgajos de la carne campaban a sus anchas por todo su cuerpo, por lo que Sancho tuvo que ser sometido a unos terribles masajes para que la piel recuperase su firmeza»,
añade Gargantilla.
Al final, infusión va, infusión viene, nuestro
protagonista perdió la mitad de su peso corporal, tal y como afirma el
doctor Antonio L. Turnes en su obra «Maimónides: el sabio sefaradí: el médico judío-español de la Edad de Oro, 1135-1204». Así pues, se quitó de encima 120 kilos, gracias a lo que pudo montar a caballo, sostener la espada y yacer con una mujer.
Un traidor
Totalmente recuperado, y «recio, pero no obeso», Sancho se embutió una armadura y, al mando de un ejército de musulmanes, se decidió a conseguir el cetro por las bravas. «Recuperó el trono gracias a la ayuda imprescindible de Abderramán III. Un ejército árabe marchó sobre Zamora en el 959. Con los navarros presionando por oriente y el conde de Monzón por el noroeste, el rey Ordoño IV abandonó el trono y
huyó a Asturias. Sancho I consiguió de nuevo el trono en abril de ese
mismo año», añade Navarro en declaraciones a ABC. Ordoño IV terminó
poniendo su caballo en dirección a tierras musulmanas, donde solicitó
ayuda a Abderramán para arrebatar de nuevo la poltrona al ya no «Craso».
Sin embargo, el líder se declaró fiel al pacto que había firmado con
Sancho. Así se dio por finalizado un cruel juego de tronos que había
durado casi una década.
Todo podría haber acabado bien para
Sancho. No obstante, aunque había perdido 120 kilos, su carácter no
había cambiado ni un ápice. Ya con la corona sobre la cabeza, se negó a entregar las fortalezas que había prometido a Abderramán III y,
cuando este murió, declaró que la deuda había quedado saldada. Una
teoría, por cierto, que no compartió el descendiente de este, muy celoso
de lo que se le debía. Al final, por esta u otras causas, el antiguo
«Craso» dejó este mundo en extrañas circunstancias. «Continuó siendo rey
hasta su muerte en el 966, cuando fue envenenado
a los 35 años. Le sucedió su hijo Ramiro Sánchez, Ramiro III», añade la
historiadora a ABC. ¿Le quitaron la vida los mismos que le quitaron la
mitad de su grasa? Nunca lo sabremos.
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