El sufrimiento de los héroes de la batalla de Bailén, a los ojos de Ferrer-Dalmau
El pintor de
batallas ha presentado hoy su cuadro «Bailén 1808, el precio de la
Victoria» en la inauguración del II Congreso de Sanidad Militar
Fue la primera gran victoria del Ejército español ante el invasor, fue la gran humillación de la «Armée» de Napoleón -nunca
antes derrotada en campo abierto-, y fue la contienda que demostró a
los franceses que los ciudadanos de este país no estaban dispuestos a
dejar que los galos conquistaran su país.
La batalla de Bailén fue todo eso: gloria, heroicidad y valentía. Pero también tuvo un coste en muertos y heridos de más de 4.000 soldados. Muchos impactados por una bala o sableados por el contrario.
Heridos
que, después de caer de bruces en los campos andaluces, fueron
olvidados por los generales (que no podían servirse de ellos), pero que
tuvieron que ser atendidos por los sanitarios militares del contingente español.
Esos grandes desaparecidos de los libros de historia militar pero que, a
base de sierra y pinzas, cortaban piernas y trataban de cerrar heridas
para salvar las vidas de los desgraciados que llegaban (o eran
transportados) hasta el hospital de campaña.
¿Olvidados? Al menos, hasta ahora, pues esta misma mañana Augusto Ferrer-Dalmau -el pintor de batallas- ha querido rendirles su particular homenaje con su último cuadro, el «Bailén 1808, el precio de la Victoria».
Un lienzo de 200 x 150 centímetros que ha presentado en el II Congreso de Sanidad Militar y que (cedido por la editorial Galland Books al museo de Sanidad Militar) muestra un hospital de campaña cercano
a la contienda.
El cuadro no tiene desperdicio y muestra la cruda
realidad que existía en el siglo XIX tras las líneas del frente: pies
amputados, amigos y enemigos que se unen para salvar a los heridos,
hombres anteriormente hechos y derechos deshechos mientras se miran sus
heridas y, como no, el trabajo de médicos y enfermeras.
Su realismo no
puede ser mayor, pues Ferrer-Dalmau ha contado con la colaboración del
uniformólogo y vexilólogo Luis Sorando.
Bailén,
la gran derrota del ejército imperial de Napoleón, comenzó en Madrid
poco después de que el «Petit corso» asediara España con el beneplácito
de su Majestad Carlos IV y su primer ministro (valido) Manolito Godoy,
más preocupado de conseguir el favor francés (y algún terrenito en el
que jubilarse en Portugal) que de la ventura del país que le había visto
nacer.
Y es que, tras atravesar la frontera con artimañas y
llegar a la actual capital, el ejército galo decidió que era hora de
ponerle baguettes y dirigir desde allí sus banderolas hacia el sur,
donde se estaba organizando un contingente rojigualdo ansioso de
mandarle al autodenominado «Empereur» de un puntapié a Notre Dame, la
misma catedral en la que había sido coronado. Una tarea, por cierto,
para la que destinó al general Pierre Dupont de l'Etang, a quien le dio órdenes de conquistar Córdoba.
Bayoneta va, casaca azul viene, Dupont logró llegar hasta Andújar (a
28 kilómetros del pueblo de Bailén) con nada menos que 34.000 hombres
divididos en cinco divisiones. Bajo su vara de mando, oficiales de la
talla de Vedel (sabedor de lo que era combatir al
haberse dado de mamporros contra los austríacos anteriormente), un buen
número de coraceros y un batallón de marinos de la Guardia Imperial (una de las unidades de élite de la infantería imperial).
Detalle del cuadro- Ferrer-Dalmau
Para
detener a un ejército que no había sido derrotado en campo abierto
hasta entonces, las Juntas de Sevilla y Granada formaron un ejército de
30.000 almas a las órdenes del general Francisco Javier Castaños. Aunque eso sí, la mayoría milicianos sin instrucción que sabían más de azadón que de fusiles y de táctica militar.
Lo
cierto es que pintaban duras para los de por aquí, pues el mismo Dupont
había señalado que no sentía respeto hacia un contingente formado por
campesinos. Un gran fallo del «monsieur», como vería después, pues el
fervor español encendía las ansias de sangre de cada uno de aquellos
valientes españoles. A no tardar, se formaron las columnas que
defenderían a mosquete y sable uno de los últimos reductos hispanos en
la Península.
«La primera, con 9.450 hombres, al mando del mariscal de campo de origen suizo Reding. […] La segunda, mandada por el mariscal de campo belga marqués de Coupigny [contaba] unos 8.000 hombres. […] La tercera columna, compuesta de dos divisiones al mando de los tenientes generales Félix Jones y Manuel La Peña [disponía] de 12.000 hombres de las milicias provinciales», explica el periodista e historiador Fernando Martínez Laínez en su obra «Vientos de Gloria».
Detalle del cuadro- Ferrer-DAlmau
Reunidos los dos ejércitos en las inmediaciones de Bailén (Jaén) comenzaron los movimientos de tropas el 16 de julio.
Esa fue la jornada en la que Vedel y sus hombres (uno de los oficiales
mejor considerados por el corso) metió la «jambe» bien metida cuando se
personó en Bailén con órdenes de sacar de allí a los españoles que
hubiera o hubiese. Decidido a derramar sangre por Napoleón, su sorpresa
fue suma cuando se encontró el pueblo vacío.
«¿Qué diablos
sucede?» (debió pensar en un francés sumamente bien cuidado). Al final,
ató cabos en su cabeza y consideró (por su gracia divina) que los
españoles habían salido por piernas hacia Despeñaperros para atacarles por retaguardia,
así que tomó la decisión de salir en su busca para llevarse la gloria.
Esta división de fuerzas, unida a otros pocos miles de hombres que
Dupont envió a las montañas, fue determinante, pues igualó las fuerzas
con respecto al ejército español. Un contingente que llegó pocas horas
después a Bailén y que también se dividió.
Á la bataille
Al final, después de andar para arriba y para abajo, una parte de los ejércitos se terminaron encontrando en Bailén en la noche del 18.
Para ser más concretos, los que primero se vieron los morros fueron
algunos exploradores galos y dos de las columnas hispanas. Tocaba
combatir. Tras el primer contacto –y aproximadamente a las tres de la
madrugada del día 19-, los españoles dieron comienzo a una alocada
carrera contra el tiempo para formar su línea defensiva.
El ejército, ahora al mando de Reding, tuvo que organizar a dos divisiones que incluían, según el historiador Francisco Vela en su obra «La batalla de Bailén. El águila derrotada», a unos 2.600 infantes (armados principalmente con mosquetes) y 16 piezas de artillería.
A su vez, la fuerza contaba con el apoyo de casi 1.200 jinetes, entre
los que había varias unidades de los famosos garrochistas (pastores que,
diestros en el uso de la lanza, se incorporaron a filas para combatir
al invasor francés).
Detalle del cuadro- Ferrer-Dalmau
Para
hacer frente a los galos, las tropas españolas formaron a las afueras
de Bailén. «Al amanecer, el ejército español se desplegó en forma de
arco o herradura abierta con los extremos apoyados en los cerros Valentín, al norte, y Haza Walona,
al este», completa el autor español en su obra.
En vanguardia se situó
la infantería. Como apoyo, se intercalaron varias piezas de artillería
con las que aplastar las formaciones francesas. En segunda línea, Reding
ubicó varias unidades de infantería de reserva además de algunos
regimientos de caballería con un doble objetivo: apoyar a los cañones y
flanquear al enemigo.
Por su parte, el experimentado Dupont contaba a sus órdenes con unos 8.000 infantes (entre los que se encontraban los marinos de la guardia imperial), unos 2.000 jinetes (sumando a coraceros y dragones) y 23 cañones.
Como era habitual, la fuerza de los franceses la componía
principalmente la caballería pesada, que solía ser usada como un
martillo en contra de las formaciones enemigas.
Dupont ordenó formar con
un sólido bloque de infantería en el centro, ubicó la temible
caballería en los flancos y varios cañones como apoyo (estas de menor
potencia que las españolas). Con las piezas dispuestas para la partida
de ajedrez, ahora todo quedaba en manos de la resistencia, la valentía y
la tenacidad de los soldados.
La sangría del cerro
A las cinco de la madrugada comenzó el jaleo verdadero y se acabaron los movimientos de tropas. La contienda comenzó en la más espesa oscuridad y
sin que nadie viese más allá de su propia bayoneta. La iniciativa la
tomó el general español, que dirigió a varias de sus unidades hacia una
posición que les podía otorgar una ventaja táctica de gran importancia:
el cerro Haza Walona.
La colina se tomó en pocos minutos al
carecer de enemigos. Pero la tranquilidad duró poco. Concretamente,
hasta que Dupont oirdenó a la brigada suizo-española
(antiguamente al servicio de España y ahora encuadrada a la fuerza en el
ejército francés) expulsar de allí a los casacas blancas. Ya que
alguien tiene que morir, que no sean franceses, debió pensar. Este primer ataque fue detenido por los hispanos.
Cuadro completo- Ferrer-Dalmau
Con todo, los españoles no tuivieron tiempo para relajarse ya que, sin más paciencia que agotar, Dupont organizó a su caballería para
que, al galope y colina arriba, tomara el Walona. En este caso, ni el
incesante fuego de mosquete valió para detener a lo mejor del ejército
imperial, que arrasó a dos batallones españoles a los que, incluso,
arrebató sus estandartes, un hecho muy significativo para la época.
Pero,
a pesar de que los jinetes franceses podrían haber abierto brecha en la
línea española, se retiraron a sus posiciones azuzados por una curiosa
treta de los defensores. «[Una unidad española] a las órdenes de un
teniente mantuvo una frenética actividad para dar la impresión de contar con un mayor número de efectivos.
Sin saberlo, esta actividad, junto con los agudos toques del trompeta
de este destacamento ejecutando todos los toques reglamentarios,
confundió a los jinetes galos», añade el autor de «La batalla de Bailén.
El águila derrotada».
Victorias y derrotas
Mientras las
cosas andaban tensas en el cerro, en el centro de la batalla (el lugar
donde tradicionalmente se vivían más tortazos), la situación se puso
también sangrienta. Y es que, la Brigada Chabert formó cuatro columnas
para lanzar la que, según creían, sería la ofensiva definitiva sobre
las tropas españolas. En perfecto orden, los soldados franceses
avanzaron hasta situarse frente a las tropas defensoras.
Sin
embargo, los galos no contaban ya con parte de su artillería –la cual
había sido destruida por los cañones españoles desde la lejanía- lo que
provocó que fueran tiroteados sin piedad. Tras sufrir considerables
bajas, la situación terminó de complicarse para los soldados de Napoleón
cuando Reding ordenó a una parte de la caballería española cargar contra sus filas.
La presión fue demasiada para los experimentados casacas azules, que,
sin poder resistir ni un segundo más, se retiraron manteniendo la
formación.
Para saber más: Garrochistas: de picar toros en las plazas a combatir contra Napoleón
Con
el espeso polvo surcando el campo de batalla y el calor haciendo mella
en los soldados, la situación se recrudeció en el flanco derecho cuando
un escuadrón español, fogoso y ávido de hacer sangrar a tantos soldados
franceses como pudiera, se adelantó demasiado y perdió el apoyo de sus
compañeros.
Tras un breve intercambio de disparos con la infantería
gala, la imprudencia de estos españoles les terminó pasando factura
cuando, de improviso, tuvieron que hacer frente nada menos que a una carga de caballería francesa.
Por suerte, y a pesar del gran número de bajas que sufrió esta unidad,
se consiguió mantener la línea gracias al apoyo de varios regimientos
cercanos.
La última carga
Abrasados por el calor (el cual
no afectaba tanto a los españoles gracias al trabajo de las mismas
cantareras que representa Ferrer-Dalmau en el cuadro), extenuados por el
cansancio y temerosos ante la posibilidad de que Castaños atacase su
retaguardia, los franceses organizaron entonces a sus últimas tropas
para llevar a cabo un desesperado asalto contra Bailén. Para ello,
además de a las mermadas unidades de infantería que le quedaban, Dupont
llamó también a sus escasas reservas: los marinos de la guardia
imperial.
«Eran en total unos 3.300 hombres desesperados encabezados por el mismísimo Dupont
y su Estado Mayor, que sabían que se les acaba el tiempo», señala el
experto. Conocedores de que necesitaban un milagro para dar un vuelco a
la contienda, los franceses trataron de sacar últimas fuerzas y plantar
cara a sus enemigos.
No obstante, la misión era casi imposible y las
últimas tropas galas fueron pasadas a mosquete por los ávidos españoles.
La última gota de ánimo que aún mantenía vivos a los franceses se acabó
cuando Dupont fue herido y casi derribado de su montura.
Detalle del cuadro- Ferrer-DalmauTodo
había acabado. Sabedor de la derrota, Dupont ordenó la rendición y
llegó a un acuerdo con los españoles para que sus tropas fueran
repatriadas a Francia.
De nada valió la llegada en el último momento
de las tropas de Vedel por la retaguardia española. Una vez acabada la
batalla hubo que recontar las bajas.
Por el lado francés sumaban –entre
muertos, heridos y contusos- unos 2.200 soldados (el resto fueron hechos
presos). «En el bando español […] se confirmaron 192 muertos, 656
heridos, 8 contusos y 1.013 extraviados», finaliza Vela.
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