Hernán Cortés vs. Francisco Pizarro, la familia española que conquistó los grandes imperios de América
Hernán Cortés vs. Francisco Pizarro, la familia española que conquistó los grandes imperios de América
Aunque tradicionalmente se ha considerado
que ambos eran primos, en realidad su parentesco era de tío y sobrino,
puesto que la línea de Cortés había corrido una generación más que la de
Pizarro
Retrato ecuestre de Francisco de Pizarro - Wikimedia
El coronel no tiene quien le escriba, tituló el americano Gabriel García Márquez
una de sus obras más entrañables. Los conquistadores tampoco tienen
quien los escriba. Su historia resulta políticamente incorrecta, y los
países que contribuyeron a fundar no los reconocen como suyos. Pero
incluso así, el caso de Francisco de Pizarro, conquistador del Perú, es más doloroso que otros. A diferencia del admirado Hernán Cortés,
Pizarro y sus hermanos gozaron de escaso reconocimiento en el periodo
que les tocó vivir. El carácter gris del extremeño y las sucesivas
guerras civiles entre ellos no ayudaron, precisamente, a que Pizarro
encontrase quien le escriba.
Hernán Cortés, el apuesto capitán
Cuando Pizarro comenzaba a gestar su leyenda hacía veinte años que Hernán Cortés había conquistado Tenochtitlan.
Llovía sobre mojado. Cortés fue considerado el mayor héroe en Castilla
por sus coetáneos, incluso por encima del militar más prestigioso del
periodo, el Gran Capitán.
«Fue en tanta estima el nombre solamente Cortés, así en todas las
Indias como en España, como fue nombrado el nombre de Alejandro de
Macedonia, y entre los romanos Julio César», escribió Bernal Díaz del Castillo,
autor de «Historia verdadera de la conquista de la Nueva España».
Cortés no era un hombre culto, pero sabía impresionar a la gente a
través del verbo. Siendo uno de los encandilados el Emperador Moctezuma, que, en una mezcla de síndrome de Estocolmo y admiración sincera, mantuvo una extraña amistad con el hombre que pretendía derribar su imperio.
Retrato idealizado de Hernán Cortés
Valiéndose de la hostilidad que el Imperio azteca
arrastraba entre las tribus vecinas, el extremeño fue capaz de aunar los
esfuerzos de distintos jefes locales para abrirse paso por el norte de
América, usando aquí la superioridad de las armas europeas para
imponerse en el campo militar. No obstante, su gesta estuvo en todo
momento acompañado de una cuidada propaganda, buscando así convencer a
Carlos V de que la suya era su causa, y no la de su rival y superior, el
gobernador de Cuba, que se enfrentó a Cortés durante la conquista de
México.
Por lo mucho que le importaba su imagen, Cortés insistió en que su biografía la escribiera su capellán, Francisco López de Gómara. Como recuerda Henry Kamen
en su libro «Poder y gloria: Los héroes de la España imperial»
(Austral), en esta biografía el descubrimiento y conquista de América se
presentaban como elogio triunfal de España y obra bendecida por el
mismísimo Señor.
La imagen del héroe extremeño quedó grabada
sobre toda una generación. También en el extranjero fue visto durante
mucho tiempo como el estereotipo de héroe europeo.
«Es el producto final de siglos de preparación para un esfuerzo
colectivo de la voluntad humana», describe el historiador norteamericano
W. L. Schurz en «This New World».
Francisco Pizarro, el cruel conquistador
Nada que ver con la imagen del gris Pizarro. Nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura),
Pizarro era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán
Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas
españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia.
Aunque tradicionalmente se ha considerado que ambos eran primos, en
realidad su parentesco era de tío y sobrino, puesto que la línea de
Hernán Cortés había corrido una generación más que la de Francisco
Pizarro.
En 1502, el extremeño se trasladó a América en busca de
fortuna y fama, no siendo hasta 1519 cuando participó de forma directa
en un suceso relevante de la Conquista. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán, Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila,
Gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado
ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro, la que
alimenta en parte la antipatía histórica que sigue generando este
personaje.
Francisco
Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de
Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico
Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque
para internarse en el sur del continente en busca del otro gran imperio
americano de su tiempo: los incas. Precedida por la viruela traída por
los europeos en 1525, que había diezmado a la mitad de la población
inca, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el empujón final a un
imperio que se tambaleaba a causa de las enfermedades, la hambruna y las
luchas internas que enfrentaban a dos de sus líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.
El conquistador, a caballo, en el centro de la expedición pintada por Ferrer-DalmauLa
inferioridad numérica de Pizarro no fue ningún obstáculo. ¿Cómo fue
posible que tan pocos pudieran vencer a tantos? es la pregunta que ha
causado fascinación en la comunidad de historiadores. «En Cajamarca
matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y
mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta
destinada a su padre. La superioridad tecnológica y lo intrépido del plan de Pizarro,
cuyas intenciones no habían sido previstas por el emperador Atahualpa,
al estimar a los españoles como un grupo minúsculo e inofensivo, obraron
el milagro militar.
El secuestro y muerte de Atahualpa,
que no llegó a ser liberado pese a que los incas pagaron un monumental
rescate en oro y tesoros por él como había exigido Pizarro, marcó el
principio del fin de este imperio.
Sin embargo, lejos de la imagen de que el extremeño conquistó el Perú
en cuestión de días, hay que recordar que la guerra todavía se prolongó
durante toda una generación hasta que los últimos focos incas fueron
reducidos.
Pizarro y la guerra de los conquistadores
Los conflictos internos entre los conquistadores, que enfrentaron a Pizarro y sus hermanos contra su otrora aliado, Diego de Almagro,
enturbiaron todavía más la imagen de los conquistadores del Perú. Tras
la derrota y ejecución de Almagro, en un nuevo giro de los
acontecimientos, los partidarios del derrotado irrumpieron el 26 de
junio de 1541 en el palacio de Pizarro en Lima y «le
dieron tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar
con una de ellas en la garganta, relata un cronista sobre el amargo
final del conquistador extremeño. Las guerras civiles entre los
conquistadores se prolongaron hasta finales del siglo XVI, convirtiendo a
los Pizarro también en villanos a ojos de de la Corona.
Frente al encantador de serpientes de Cortés, que acudió a la Corte de Carlos V
a contar sus hazañas, Pizarro no parecía hecho de la materia de que
están hechos los héroes. Codicioso por naturaleza, cruel y dado a buscar
su interés personal, o al menos así le recordó el mundo. Fue con el
paso de los años cuando surgió la leyenda del humilde Pizarro: una
persona sin privilegios que abandona la pobreza y engrosa las filas de
la nobleza tradicional. Un héroe para el pueblo.
Francisco de Pizarro, herido de muerte en su palacio de Lima- WikimediaA
lo largo de los siguientes siglos, Pizarro ganó en reputación. Los
historiadores norteamericanos, que veían en los conquistadores a los
precursores de sus grandes pioneros, elevaron a la categoría de
esforzado héroe al extremeño. La primera biografía fiel de Pizarro la
publicó el norteamericano William H. Prescott en su «History of the Conquest of Peru»,
quien consideraba que España había descuidado a uno de sus más famosos
héroes: «Ningún español ha intentado escribir una historia de la
conquista del Perú basada en documentos originales». La prueba de este
descuido es que en Trujillo, su lugar de nacimiento, nadie hizo el menor intento de erigir una estatua al conquistador hasta la década de 1890.
Mientras
España empezaba a recuperar a sus héroes levemente, Iberoamérica
comenzaba a considerar a los conquistadores como genocidas que habían
destruido las fértiles culturas previas a la llegada de los españoles. La Guerra de Cuba de 1898
sumó a EE.UU. a esta tendencia histórica contra los personajes
españoles. Aquí, tanto Cortés como Pizarro, compartieron el mismo
destino. Ni Perú ni México les aceptaron como los padres fundacionales
de sus países.
Sobre tumbas, estatuas y biografías perdidas
Tras ser trasladados desde Europa los restos de Cortés a una iglesia de Ciudad de México
en el siglo XVII, la independencia del país cambió radicalmente la
imagen que tenían sobre él. A diferencia de otros países como Colombia,
que sí conservó el culto a Benalcázar o Ecuador con Orellana
–en un intento de dar sentido histórico a sus países–, la oposición a
Cortés se mantuvo firmemente enraizada hasta el punto de que en la
actualidad no hay ninguna estatua de cuerpo entero del conquistador en
todo México.
Su tumba llegó a correr peligro. Poco después de la
independencia, empezaron a correr pasquines que incitaban al pueblo a
destruir el sepulcro. Previniendo la inminente profanación, las
autoridades eclesiásticas decidieron desmontar el mausoleo y ocultar los
huesos. En la noche del 15 de septiembre de 1823, los huesos fueron
trasladados de forma clandestina a la tarima del altar del Hospital de Jesús y el busto y escudo que decoraban el mausoleo fueron enviados a la ciudad siciliana de Palermo.
La única estatua de Cortés erigida en territorio mexicano permanece junto a su humilde tumba
Trece
años después los restos cambiaron su ubicación a un nicho todavía más
oculto, donde permanecieron en el olvido durante 110 años. El 9 de julio
de 1947, tras un estudio de los huesos, Cortés fue enterrado de nuevo
en la iglesia Hospital de Jesús con una placa de bronce
y el escudo de armas de su linaje. La única estatua de Cortés erigida
en territorio mexicano permanece junto a esta humilde tumba, cuya
existencia se guarda de forma discreta en un país que, en su mayor
parte, sigue sin asumir como positivo el papel que jugó el conquistador en su fundación.
Estatua de Francisco de Pizarro en LimaEl
caso de Pizarro es casi idéntico. Durante un siglo se creyó que se
habían exhumado y expuestos en un féretro de cristal los restos del
extremeño. Sin embargo, a finales del siglo XX unos hombres descubrieron
una caja de plomo en un nicho sellado de la catedral de Lima
con la inscripción «aquí yace la cabeza del Señor Marqués don Francisco
Pizarro, que descubrió y ganó los reinos del Perú y los puso en la Real Corona de Castilla». Un grupo de forenses confirmó que esos eran los restos auténticos, y no los que se homenajeaban desde 1892.
A
partir de entonces Perú ha mostrado poco interés en homenajear o
reivindicar la figura de Pizarro. A petición de las autoridades
peruanas, una estatua del conquistador fue trasladada de Nueva York a Lima
en 1934, lo cual se convirtió automáticamente en un foco de
controversia. En 2003 las presiones de la mayoría indígena dieron como
resultado que esta estatua ecuestre de Pizarro fuera llevada al depósito
municipal, a la espera de encontrarle una nueva ubicación. Al año
siguiente la colocaron, ya sin pedestal, en un parque rehabilitado del barrio de Rimac. La polémica promete seguir vigente.
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